Hace poco estuve en un interesante curso de iniciación a esta tecnología, aplicada a nuestra profesión, y que se impartía en el Colegio de la Abogacía de Madrid. Durante más de cuatro horas, el ponente, un compañero abogado apasionado y erudito de este mundo, nos explicó a los asistentes cómo la IA había llegado para quedarse, y cómo la adaptación a estos sistemas no era “el futuro”, sino el absoluto presente. Que ya íbamos tarde.

La conferencia, con un propósito de simple iniciación y de construcción de las bases para la aplicación de la Inteligencia Artificial en la rutina de trabajo diario del abogado, nos iba a facilitar “al becario más barato que puedes tener”, tal y como decía el ponente, mientras se le iluminaba la cara.

Además de los útiles consejos para “promptear” -que es el neologismo que se utiliza para denominar la función de programar la IA-, lo más interesante fue el intentar definir qué es Inteligencia Artificial, y sobre todo si se trata de una verdadera inteligencia. Y la conclusión, a grandes rasgos, es que no. De momento el rasgo más importante del pensamiento humano, que es el razonamiento abstracto… no lo tiene. En realidad, es una inmensa y ultra potente (a niveles desconocidos hasta ahora y con una progresión de mejora exponencial) calculadora semántica.

Este tipo de cambios se pueden afrontar desde dos perspectivas: o bien uno se intenta adaptar desde una escéptica incertidumbre, lo que sin duda nos va a proteger de cometer errores, teniendo muy claro en qué flujos de trabajo podemos servirnos de estas herramientas y estableciendo un protocolo muy estricto de precauciones. O se lanza en brazos de esta tecnología en una enloquecida fe ciega, con consecuencias en muchos casos catastróficas. Todos los abogados hemos hecho el experimento de encargarle a Chat GPT (o a Claude, o a la ballena china, incluso a Gemini, la herramienta de Google, bastante bisoña a día de hoy) que nos redacte un escrito procesal. Los resultados, inicialmente, son desoladores: aplicación incorrecta de la ley (y referencias no a la española, sino… ¡a la del Perú!, fallos desde el encabezamiento hasta el suplico, citas a jurisprudencia que no existe, o lo que es peor, que apoya la pretensión contraria… La cosa mejora si vas “prompteando” y corrigiendo el desaguisado, pero para eso… quizá mejor hacerlo uno mismo directamente.

El uso indiscriminado de IA por abogados, obviamente, conduce a desaciertos groseros, y sus efectos se van dejando ver. La reciente resolución de la que se han hecho eco medios dedicados a la tecnología, al mundo jurídico, e incluso generalistas, del Tribunal Superior de Justicia de Navarra ha puesto en evidencia el riesgo de confiar en estos modelos de lenguaje sin una revisión humana adecuada.

En el auto (TSJNA Nº 2/2024, de fecha 4 de septiembre de 2024), el tribunal tuvo que desestimar un escrito -y abrir pieza separada para depurar responsabilidades- presentado por un abogado que contenía referencias jurisprudenciales inexistentes generadas por Chat GPT, tal y como reconoció el abogado que lo interpuso.

Esto nos lleva, también, a observar el futuro de nuestra profesión: nuestro trabajo tiene una naturaleza eminentemente social, que aunque pueda y deba contar con herramientas tecnológicas, con su abuso puede llegar a reducirse a quedarnos como simples correctores de las máquinas.

Los despachos grandes y medianos están ya lanzados en una carrera de implementación de estas herramientas, que presumiblemente abaratarán costes de personal -sin repercusión en sus honorarios- y para los pequeños va a suponer seguramente una manera de aportar mayor valor en las áreas verdaderamente sociales de nuestra profesión, al poder profundizar de manera personal en ellas: el trato con el cliente, para descifrar sus necesidades, hacer mejor trabajo en términos de argumentación creativa o prestarle más atención a la negociación como resolución de conflictos sin que nos arrojemos a la litigación.

A fin de cuentas, la Inteligencia Artificial se va a quedar, va a evolucionar, y el reto -complicado- es entender lo que realmente es, y sobre todo, para lo que realmente sirve.

Por cierto: para elaborar este texto, me he ayudado de la IA.

Pero si lo sometemos a alguna aplicación de análisis (zerogpt.com, por ejemplo), nos indica que está escrito íntegramente por una persona. Parece que la hemos usado bien.

×